La parábola del pan y el panadero

Todos los días de este mundo aparecen en la lejanía unos personajes curiosos, a los cuales me he conformado en llamar “los árbitros de la levadura” pues, a ritmo de silbato, señalan el inicio de la nueva jornada y el final definitivo del pan anterior.

Detrás de la corteza dura o del pan suave están horas de colas junto a otros “colegas” en espera del recién horneado alimento, la distancia recorrida desde el punto de compra hasta nuestros más humildes e intrincados parajes a golpe de bici y por supuesto el madrugón para salir pa’ la calle a devolverle la alegría a no pocos hogares y estómagos.

Aprovecho este espacio para agradecer a esos “embicicletados repartidores” por despertarme cada mañana, por mantener con maestría el caudal del pregón en nuestro país, por librarme del peso… bueno, de dos pesos: el de buscar el pan tan de mañana y el de evitarme ser avaro y pagar por el viaje. Pero todo en esta vida no es pan de piquitos.

Las alabanzas en esta ocasión vienen acompañadas de algunas reflexiones “panaderas” pues hay que llamar al pan, pan y al vino, vino. Sin ser un especialista del horno, noto algunas preocupantes constantes en la elaboración, comercialización y hasta degustación del pan:

  • Todo parece indicar que el pan que se hace en este tipo de panaderías especializadas tiene aires viajeros pues aunque cada día aparece en las más disímiles geografías, jamás lo podremos comprar en la propia panadería pues ya otros se lo han llevado.
  • Sin dudas es un pan con grandes trastornos de la personalidad, pues lo mismo te lo encuentras desmoronado sin causa aparente, que se te encumbra como uno de los más “duros” contrincantes o simplemente queda reducido a un tamaño mínimo en comparación con muchos de sus semejantes.
  • Aparentemente son los mismos ingredientes, pero inexplicablemente, este pan tiene un carácter clasista pues la textura, el color, el sabor, son unos si pagas los cuatro pesos y otros muy distintos si este solo cuesta los, casi simbólicos, cinco centavos “por la libreta”.

¿Será acaso culpa del pan? ¿Será este fenómeno consecuencia del “amaso”, por parte del panadero, de importantes raciones y no precisamente de pan? ¿Es el vendedor de panes nuestro enemigo?

Es evidente que el negocio del pan es lucrativo, pues, más sabe el diablo por panadero que por diablo. Esta venta al por mayor genera sus ganancias al panadero, las cuales son recuperadas por el repartido-vendedor de panes, agregándole un peso más al precio oficial olvidando la canción que yo escuchaba cuando era chamaco: “lo que se vende como pan caliente” pues muchas veces está frío o recalentado.

Con buenos ojos y dientes vi la política, hace ya un tiempito, de que se comercializara el pan de corteza dura y el pan suave como parte del apoyo al comercio interior, pero creo que hay que revisar determinadas prácticas que afectan el sueño, el estómago y el bolsillo de todos.

Sobre El observador 122 artículos
Luis Ramón Campo Yumar Licenciado en Letras en la Universidad Central de Las Villas. Espirituano de nacimiento, villaclareño por adopción. Cubano 100%

1 comentario

  1. Pues a mí me hace falta mucho más que un silbatico de panadero para poder levantarme temprano y así llegar en tiempo a Cienfuegos cada día!
    El asunto del pan es cosa seria…
    En definitiva, hay que agradecerle a los panaderos sus matutinos con silbatos por traernos un pan medianamente decoroso. Si usted se queda esperando el engendro que le ofrecen en la Bodega de su localidad…quizás su cerdo, o sus gallinas puedan comérselo de un tirón.
    Ah, otra cosa: es totalmente ridículo algunos de los precios que ofertan ciertos panaderos: $4.90 o $3.80 cuando todos sabemos que siempre nos estafan los centavos de vuelto. Aunque sea 1 centavo, es mi dinero y hay que devolvérmelo! Quizás por esto me tilden de “miserable”, pero…a la larga tengo razón.

Los comentarios están cerrados.