Una apenada transacción [La Enfermedad Crónica de Vivir]

A veces nos pasan cosas, que vale la pena recordar. Pero solo la rememoración es la que se disfruta. Dentro de esta categoría tengo varias anécdotas que creo divertido compartir. Mi vida ha estado plagada de jaranas y risas, a eso debo parte de mi personalidad, un puñado de amigos y algunos detractores.

Soy Licenciado en Ciencias de la Información en la Universidad Central “Marta Abreu”  de Las Villas pero antes de cursar la Educación Superior me gradué de Técnico Medio en Informática en el IPI Lázaro Cárdenas del Río. Es un lugar al que le guardo mucho cariño y al que he regresado esta vez como profesor. Allí me ocurrió este hecho que paso a relatar.

Un día salimos de las clases matutinas para almorzar pero las calderas en las que se cocinaba el alimento se habían roto. Ahora que lo pienso más detenidamente, a partir de ese momento, las calderas se volvieron asiduas a romperse periódicamente. Nosotros desde primer año habíamos detectado en ellas un mal funcionamiento, sobre todo a la hora de ablandar las viandas, pero nunca se había dado este tipo de situación. Recibimos la noticia con una angustia comparable a la que sintió Romeo al ver a su amada sin vida delante suyo y resignados nos fuimos al cuarto a bostezar.

Como una tromba corrió la noticia que habían sacado en el merendero pan con morcilla a ochenta centavos. Me dio sentimiento revisar mi cartera y comprobar que no me quedaba dinero. Una lágrima rodó por mi mejilla y hasta la lágrima salió llorando. Se me ocurrió la genial idea, como un duque de Wellington contemporáneo, de aprovechar la situación geográfica del albergue. Pues era el más alejado de la zona “merenderil” y a esa hora, a pesar de los aguijonazos del hambre, la pereza se impone. Así que me ofrecí voluntario a salvar literalmente la vida de mis compañeros y la mía comprando los benditos panes con morcilla, por supuesto cobrándolos a peso. El resultado de esta especulación alimentaria redundaba en ganancia para mi pues me apropiaba del excedente. Me sentía como un agente de bolsa ya que llevaba mi mochila y treinta pesos para hacer el trabajo anunciado.

Fatalidad. Como era de esperarse con semejante situación el merendero era un hervidero de gente donde afloraban las más brutales emociones y conductas. Servía de claro ejemplo para convencer a los escépticos sobre el origen animal del hombre. Aunque también la cola de la ruta tres en la universidad les serviría de material para una teoría de la “ultraanimalidad” del hombre y la hipótesis del desarrollo evolutivo como ciclo cerrardo donde se repiten las etapas.

De niño siempre admiré a los grandes pícaros de los que tuve conocimiento desde Lazarillo hasta Gavroche, pasando por Till Eulenspiegel. Así que me decidí utilizar la ventaja de la cercanía que tenía con el dependiente. Era una amistad fríamente calculada pero no por ello menos calurosa, es como la culminación que le doy al dicho: No hay que estar en mala con la cocinera… y no solo por la comida. Fui por un lado de la cola y le pedí los treinta pesos de panes y cuidadosamente los fui depositando en la bolsa.

Luego busqué una esquina tranquila donde sentarme y disfrutar de mis transacciones y ganancia. Pues allí estaba tan Pancho cuando pasa un amigo con una cara más larga que las medias de Pipa y una expresión que envidiaría el mejor de los actores dramáticos.

Sin pensarlo dos veces lo llamé y le brindé. Fui notando un cambio sustancial en su fisonomía con cada bocado y le informé de que lo que comía estaba disponible en el merendero. El hechó un risita sarcástica y me espetó:

-Hasta ahora mismo estuve haciendo la cola, pero un abusador compró delante de mi como treinta pesos de panes y ya se acabaron.

Solo atiné a cerrar disimuladamente la mochila y ponérmela.

Sobre alex92 14 Artículos
Lic. en Ciencias de la Información. Técnico Medio en Informática. Aficionado al más universal de los deportes, loco por la música Rock y los libros.

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