Topes o los juegos del azar (I) [Crónicas de un Aventurero]

I

(viernes 13-15 de noviembre de 2015)

De repente, así comenzó todo: un bulto de muchachos y muchachas (doce en total) alistados desde las tres de la tarde, se apresuraban hacia la salida de la UCLV. Allí fue donde se vieron todos por primera vez, bajo la luz tenue del alumbrado: estaban atrasados, el segundo transporte de relevancia que tomarían partía a las 9:30 pm desde la terminal de ómnibus intermunicipal de la ciudad de Santa Clara.

Llegar antes de esa hora dependía de una motoneta vacía o una Ruta 3 extraviada. Por suerte o por desgracia, ninguna de las dos opciones se presentó; mas fue como una bendición que pudieran observar las luces del ómnibus nocturno proveniente de Camajuaní: ¡maravilloso!; un carro directo les ahorraría una caminata extenuante por toda la avenida Marta Abreu. Todos juntos compartían así el primer espacio sobre ruedas.

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A partir de ese instante, el azar comenzó a divertirse a costa de los impetuosos jóvenes:

  • La muchedumbre ya estaba agolpada en el andén número 3; lo cual limitaba las posibilidades de partir todos de un tirón sin dejar a nadie rezagado.
  • El mar de equipajes; entre mochilas, maletines, casas de campaña que llevaban, les demorarían aún más abrirse paso entre la multitud.

Por una brecha salieron las hembras del grupo; los más atrasados no pudieron pagarle siquiera al cobrador de la guarandinga: así las cosas no funcionaban. ¡Aguanta chofe! ¡Así no nos vamos! Gritaron algunos de los que ya habían montado en aquella lata de sardinas humana.

En aquel mismo instante, Manicaragua parecía un destino muy lejano, y Topes de Collantes se volvía prácticamente inalcanzable.

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El azar continuaba jugando: hablar, preguntar a choferes de máquinas nocturnas, indagar en la terminal a través de la operadora o los CBP sobre las escasas posibilidades de viajar a esas horas, eran las opciones que tenían en la mano nuestros jóvenes de espíritu de mosquetero.

¡Eureka! La información que les dieron al instante sorprendió a todos de súbito: una guagua (no guarandinga esta vez) vendría a recoger a unos “misteriosos” médicos o doctores hasta el municipio, y sólo había que esperar ¡treinta minutos! En otras palabras: representaba el bus “extra” de la salvación; el Arca de Noé o de no-sé-quién, que les daría el mayor y mejor aventón de sus vidas ¡y a qué horas!

Así fue como opinadamente, el grupo de aventureros comenzó a sonreír junto a las azarosas circunstancias: la guagua en su vaivén, se llenó de flashes, de poses graciosas, de música y alegría: los doce viajaban ahora con mucho más que espacio; un auto para ellos solos y el abundante equipaje, buena dosis de júbilo, entusiasmo y una pequeña caneca que, cada cierto tiempo pasaba de mano en mano y de un extremo a otro del carro.

Si las cosas andaban bien, los doce mochileros jamás imaginarían que podía irles mejor: más música, baile; un tropel humano festejaba el final de un rodeo manicaragüense y –casi literalmente puede decirse– estaba esperando por  su llegada al pueblo para cerrar con broche de oro la noche.

Sin invitación ni preámbulos, sin hacer ningún tipo de preguntas, todos en sus mentes maquinaron la misma idea: de ese modo, en fila india, rozando ya las doce de la noche, se adentraron todos en la turba humana de carnaval.

continuará…

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