Historias de dos amigos [La Enfermedad Crónica de Vivir]

En el afán de darle un poco de alegría a la monotonía de la vida cotidiana, paso mi tiempo de ocio con los oidos bien abiertos para recoger historias graciosas de mi entorno.

Para cumplir este objetivo, y dando credibilidad al refrán de que de lo que se come se cría, procuro comer la mayor cantidad de papa, yuca, zanahoria, malanga y ñame para aumentar la tuberculosidad de mis oidos. Aunque me faltaría comer carne de elefante para mejorar la memoria puesto que esos espacios de compartir anécdotas vergonzantes son bastantes fructíferos.

Uno de mis amigos habituados a este tipo de socialización se llama Amed (me guardo los apellidos para generar un poco de misterio). Lo conocí hace ya varios años cuando yo cumplía el Servicio Militar Obligatorio en la secundaria donde él estudiaba. Me pareció un tipo bastante ácido e irónico, un humorista nato. No recuerdo quien lo dijo, pero lo dijo: Un humorista es una persona con un buen mal humor.

Nos hicimos amigos al instante. A él le debo parte de una de mis grandes pasiones: la música, y la primera guitarra que osé poseer (de tocarla no puedo hablar porque todavía no he aprendido). Para que quede constancia de su forma de pensar, les va este relato:

Casi al finalizar la secundaria básica los alumnos se iban perfilando sobre su futuro. La ESBU Antonio Aúcar (popularmente conocida como el Chamberí, sin tener nada que ver con el distrito madrileño) era el resumen de las más disímiles elecciones: desde el IPVCE y el Preuniversitario hasta el que quería dedicarse a cortar yerba para los caballos. Amed indeciso no participaba en estas actividades. Nosotros sabíamos las aptitudes  que tenía para el dibujo por lo que lo embullábamos a hacer las pruebas de la escuela de arte. Siempre se negaba. Le preguntamos qué razones tenía para no estudiar a fondo algo en lo que era tan bueno. Su respuesta nos dejó atónitos:

–Es que no puedo estar en un lugar donde me obliguen a hacer lo que amo.

Hace poco Amed me contó El extraño Caso de la Publicidad Subliminal de los Carretoneros en la Calle Cuba, un título digno de Arthur Conan Doyle, Ellery Queen, S. S. Van Dine, entre otro puñado de escritores de misterio. Resulta, érase que se era, había una vez (escoja el cliché del principio que más le guste) un viajante nocturno por la calle Cuba que regresaba a su casa. (El protagonista de esta historia es él mismo pero contarlo con narrador omnisiente en tercera persona lo hace sentir mejor consigo mismo).

Muy entretenido iba cuando un ruido de ruedas y herraduras lo sobresaltó. Poniendo en juego su intelecto supo que lo que se acercaba con velocidad creciente era un carretón de caballos (en realidad tirado por caballos porque el carretón en si es de madera y metal con un poco de lona de lo que aparezca). También dedujo que el cochero se inclinaba hacia el lado izquierdo azotando al animal (que tenía la pata trasera izquierda con una leve cojera y la delantera con la herradura media desgastada) con una pequeña imitación de fusta constituida por un cilindro de aluminio y una suiza (no precisamente de Ginebra) rota.

El grito del cochero lo hizo extremecer y vino a enturbiar sus elucubraciones:

–¡Vamos, dos al Materno que estoy llegando!

Al tiempo que se alejaba el coche continuaron sus reflexiones e imitaciones a los grandes detectives del género policiaco de su admiración, a saber: Sherlock Holmes, Philo Vance, Ellery Queen, Miss Maple, Hércules Poirot, Samuel Spade y Philip Marlowe. Dedujo que como el carretón contaba con sólo tres ocupantes el cochero estacionaría más adelante en el parque La Pastora para esperar otros ocupantes. A lo largo de la calle Cuba continuó su itinerario de viaje sin necesitar de las lozas amarillas para guiarse. Una sonrisa anidó en su faz al comprobar la solidez de su deducción al llegar al parque de marras.

Una de las grandes inquietudes de la vida de Amed es la psicología. Así que ahí estaba tratando de establecer el perfil de los tripulantes basado en su primera impresión cuando un sonido sibilante lo vino a sacar del paso. Como voz salida de los más profundos abismos de la insondable locura donde nada bueno pasa, oyó estas palabras:

–Dos al materno, dale que me voy, tu quieres irte conmigo, si, yo lo sé.

Era el cochero quien susurraba y ponía cara de brujo moviendo la manos como lanzando un maleficio.

Dice que se vino a reir cuando tuvo que parar la carrera por falta de aire. Fue entonces cuando le puso a la aventura tan rimbombante título.

Otro de los cuentos recogidos hace poco me lo contó Rafelito un vecino de mi tía. Una persona siempre dispuesta a ayudar, muy decente, pero jodedor, cubano al fin y al cabo.

Dice que regresaba a su casa muy contento pues había logrado comprar un cartón de huevos en La Ferrolana. Después de lograr este cometido, uno se siente como un campeón mundial de lucha donde todos los contrincantes son Mijaín López. He aquí su orgullo y satisfacción, materializada en los 30 huevos y el cartón que transportaba en la mano izquierda.

Casi al llegar a su casa, se abre la puerta de una vivienda y sale un perrito chihuahua. Detrás del can corriendo venía su dueña que al ver al perro gruñendo atajó a mi amigo:

– Compañero, mire al perro y cuidado con los huevos

Muy risueño, como si no hubiera fuerza capaz de turbar su alegría y menos un perro más pequeño que las ratas albañales, Rafelito levantó un poco su carga alejándola inalcanzablemente del genioso animal.

– Se lo dije – fue lo único que pudo oir mientras el perro se le tiraba a la entrepierna.

 

Sobre alex92 12 Artículos
Lic. en Ciencias de la Información. Técnico Medio en Informática. Aficionado al más universal de los deportes, loco por la música Rock y los libros.

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