En busca de un faro (I)

Nuestro país es una isla llena de curiosidades y por extensión, también está llena de espíritus curiosos. Para saciarlas, basta con prender el fuego de la aventura y lanzarse en la búsqueda de ese algo que nos ha llamado la atención.

Así fue como nuestro grupo de Mochileros (poniendo en práctica ese sencillo proceder) se lanzó en la busca del faro más oriental de Cuba, ubicado en la provincia de Guantánamo, a más de 300 kilómetros de distancia de la ciudad de Holguín (sitio del que partieron con todos los preparativos necesarios para enfrentar dicha travesía).

Pero ¿por qué ir a un faro? ¿Qué tipo de curiosidades tiene este tipo de construcciones como para emprender un viaje tan largo sin conocer a nadie de aquellos parajes guantanameros? Quizás las respuestas a estas interrogantes no importen demasiado a los integrantes del viaje, quienes solo buscaban una excusa interesante para pasar el tiempo juntos, la cual podía originarse en cualquier latitud de nuestro país. Sin embargo, para aquellos que jamás han estado cerca de un faro y mucho menos subido hasta la cima de uno, este propósito no puede resultar más hermoso.

Crónicas de un aventurero

Los primeros faros de los que se tiene constancia fueron construidos respetando la forma de las pirámides truncadas, superpuestas una encima de las otras, disminuyendo sus tamaños al ascender. Esa fue la estructura que ostentaba el famoso Faro de Alejandría mandado a construir por el faraón Ptolomeo II, con el objetivo de marcar la posición de la ciudad de Alejandría a todos los navegantes que pasaran cerca de allí.

Así pues, nos encontramos con la primera curiosidad: de las estructuras escogidas para representar a las obras más perfectas del planeta (las Siete Maravillas del Mundo Antiguo), esta fue la única que poseía una funcionalidad propiamente utilitaria.

A partir del faro de Ptolomeo, muchas fueron las estructuras de este tipo que se construyeron a lo largo de los años y jamás, hasta llegar a nuestros días, han perdido su estimable utilidad. ¿Cuál es la diferencia fundamental? Es quizás que, en el mundo, la mayoría de ellos opera de forma automática. Sin embargo, no es el caso de nuestro faro guantanamero.

Los Mochileros llegaron en motos a la Punta./ Foto: Delvis Toledo de la Cruz

Los Mochileros llegaron a la Punta de Maisí viajando en motos. Alquilar motos para cada uno fue una decisión que nació de la espontaneidad, de la locura, de los deseos de romper esquemas y un fuerte deseo de experimentar con lo nuevo.

Los seis mochileros, sin quererlo, realizaron una formación en “V” que por ratos parecía la alineación que toman las grullas y gansos salvajes al emprender el vuelo migratorio. En efecto, aquello había que grabarlo: la experiencia era única (sobre todo al recordar el trayecto en bote el día anterior, a través del Cañón del Yurumí) ahora solo restaba viajar en avión.

Cabe decir que el relieve de la zona es bastante árido. Desde el pueblo de La Máquina (cabecera municipal de Maisí) hasta el poblado de la Punta, solo se notan arbustos pequeños, vegetación xerófita mayoritariamente (plantas desprovistas de hojas en la mayoría de los casos).

No obstante, la vista es grandiosa: desde el poblado se va bajando una gran pendiente compuesta por otras más pequeñas que serpentean la zona, semejándose al meandro de un río de asfalto y tierra rojiza.

Al pasar junto a un rebaño de carneros y sus dueños, se percataron de que ya quedaba poco para alcanzar el pueblo de la Punta, sin embargo, llegaron a una horqueta en el camino, que dividió la carretera. A la izquierda surgía un barrio aparentemente nuevo, compuesto por casas pequeñas, de idéntica estructura. Estaban cerca del barrio petrocasas, aún en proceso de construcción; a raíz del paso del huracán Matthew por allí.

Como supimos luego, Matthew dejó una fuerte huella negativa en toda la zona de Maisí; no solo porque algunos lugareños narraron las anécdotas que inspiraban el terror, sino también observando las marcas que aún quedaban en la vegetación, a pesar de los dos años de acaecidos los fuertes vientos.

La estructura asciende hasta los 37 metros de altura./ Foto: Delvis Toledo de la Cruz

Al llegar, la imponente vista del Faro Punta de Maisí se hizo eco: inmediatamente algunos imaginaron la batalla épica que se libró el 4 de octubre de 2016 entre las fuerzas destructoras de Matthew y la regia estructura, luchando por mantener su firmeza. Pero allí estaba, íntegro, regalándoles una hermosa vista bañada con sol de mediodía.

En la Punta de la Hembra, el nombre real donde está enmarcado el faro, se construyó luego del paso del ciclón, una hermosa villa que, literalmente, le dio vida a un paisaje de muerte y destrucción. En el recién construido hotel llamado El Aljibe, pequeño pero muy acogedor, nos recibieron con una solidaridad admirable. Por supuesto, la intención jamás era rentar una habitación, ni quedarse en la tentadora piscina. No, los “planes” eran mucho más naturales: el contacto con la naturaleza del lugar; la arena, el mar que estaba a solo unos metros, con los habitantes, y con arquitectura del faro.

Continuará…

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Lic. en Letras en la Universidad Central de Las Villas. Aventurero por vocación

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