Casi me matan [La Enfermedad Crónica de Vivir]

Para un individuo cubano que alcanza la mayoría de edad la mención del Servicio Militar reviste una vorágine de sentimientos. Muchos van concienciados con la labor y la necesidad de la preparación para la defensa de la Patria. Otra cantidad no despreciable temen ser reclutados. Es que el servicio es una experiencia traumática. Estar lejos de la casa, no tener la mejor alimentación, hacer guardias, entre otras cosas; no es el ideal de un muchacho recién estrenados sus dieciocho abriles o mayos, o cualquiera que sea su mes de nacimiento.

En mi caso, necesitaba pasarlo cuanto antes puesto que había aprobado las pruebas de ingreso a la universidad y temía no haberlo cumplido al comenzar el período docente y las dificultades que esto pudiera ocasionar. La comisión de reclutamiento decidió que solamente pasaría la previa y luego me incorporaría a una escuela para apoyar la impartición de clases. Esa sería mi tarea en ese año.

Así que una mañana de noviembre partí para la unidad junto a un grupo de muchachos que, como yo, tenían problemas de salud. Aprendí en esos días a usar el uniforme verde, a marchar como si no hubiera mañana y a valorar mucho más la tranquilidad de la casa.

Me sucedieron historias bastante divertidas en ese lugar. Yo no estoy acostumbrado al silencio, de hecho no me gusta para nada. Mi mecanismo de defensa en ese momento era ir cantando a todos lados. Había que ver la cara de mis compañeros, me miraban como si estuviera loco. Pero al final agradecieron que alguien les llenara los oídos.

Nuestra compañía era de las más rezagadas a la hora de la higiene por tanto llegábamos tarde casi siempre al comedor. Uno de esos días el sargento instructor de guardia nos llevó a paso doble. Nuestros pies caían a destiempo y aquello parecía un potrero (citando las propias palabras del oficial) por lo que nos ordenó dar una palmada a la caída del pie izquierdo para marcar cadencia. La situación de retraso se volvió a repetir al otro día y aunque el oficial de guardia era otro la orden de paso doble se repitió. Cuando aquel hombre vio que empezamos a dar palmadas para coger el paso se empezó a poner lívido y con mal carácter gritó:

-Quién les enseñó la m…. esa

No sé qué se oyó más si su grito o las risas nuestras.

Un día de mucho frío se recibió la visita de un equipo de Telecubanacán. Ellos querían hacer un spot para aumentar el reclutamiento y desmitificar las labores de los jóvenes que cumplían con el servicio. Las compañías se distribuyeron las actividades para que se pudiera filmar todas. A nosotros nos tocó la gimnasia matutina. El jefe de la compañía nos mandó a quedarnos sólo vistiendo el pantalón puesto que esas actividades se realizan desnudo de cintura para arriba. Hubo muchas protestas por el frío. Incluso se propuso realizarlo cuando el equipo estuviera listo para filmarnos pero no hubo remedio. Así que nos pasamos toda la mañana quitándonos el frío a base de planchas, barras y abdominales. El equipo nunca pasó por la zona de gimnasia, creo que estábamos demasiado flacos, mejor, poco musculosos para ser del agrado de las cámaras.

Se acercaba la fecha en que mi compañía se debía hacer responsable del matutino. Yo me ofrecí para que mis padres buscaran información y me la enviaran a la unidad para cumplir con esa actividad. Así que, una noche me avisan que tenía visita en la puerta principal. El oficial de guardia me pidió explicaciones sobre el motivo de la visita pero no puso objeciones al saber que era para el asunto del matutino. Me dijo que me apurara y que bajo ningún concepto fuera a faltar al pase de lista en el albergue. Con urgencia me vi indeciso si tomar el camino más corto atravesando la unidad por un trillo o el largo por la carretera hecha expresamente para ello. Como estaba apurado mi mejor opción fue la primera. Era noche oscura, el camino no estaba iluminado y hasta me metí en un charco por la impotencia visual. Pero iba muy contento de ver a mis padres. Fue un shock el sentir una voz imperiosa que me reclamaba que me parara y me identificara. A esa hora me asusté tanto que ni me acordaba de mi nombre y solo alcancé a balbucir onomatopeyas. A lo que el soldado de posta respondió rastrillando la AKM, escupió un par de palabrotas y volvió a preguntar. Yo, con un ligero temblor en la voz, una creciente taquicardia y un peso inusual en la parte trasera del calzoncillo, dije:

-Este, ehhh. Recluta Alejandro Céspedes

El soldado suavizó su tono inmediatamente. Y usando palabras benévolas me explicó que no podía volver por ese lugar y que se había asustado tanto como yo.

Aquel día casi me matan.

Sobre alex92 12 Artículos
Lic. en Ciencias de la Información. Técnico Medio en Informática. Aficionado al más universal de los deportes, loco por la música Rock y los libros.

4 Comentarios

  1. Lo bueno de todo eso es que te quedaron anécdotas para contar y reírnos AHORA!!! con todo eso; y ya ves, de todo se sale, la suerte que fue por poco tiempo, porque si no, creo que realmente no sobrevives al servicio militar, pero bueno, son experiencias para contar a tus hijos y nietos, y así asustarlos un poco con lo que les tocará.

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  3. Suerte que solo estuviste en la previa, a media cuadra de mi casa hay un Sector Militar, me propusieron pasar el servicio allí, pero yo de “valiente” quise estar lejos de casa, estuve todo un año en el EJT,jaja…pero lo agradezco pues además que hice grandes amigos que aún hoy lo somos, aprendí a trabajar de verdad. Yo no había cojido en mano nunca ni una lima, corté mucha caña en mi Camagüey y hasta estuve un mes recogiendo café en Guantánamo.

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