Autoestima [La enfermedad crónica de vivir]

A Enrique Núñez Rodríguez, maestro, y a todos los que han experimentado algo parecido.

Dicen los psicólogos, de uno en uno y pidiendo la palabra. Porque si lo hacen todos juntos no hay quien los entienda. De hecho, muchas veces, no hay quien los entienda. Se ha dicho… para quitarme esta divagación del medio, que la autoestima es una percepción evaluativa de nosotros mismos. Ella determina en muchas ocasiones cómo nos sentimos y nos proyectamos hacia el mundo.

Pero la autoestima es una escalera, se puede bajar y subir por ella de acuerdo a las situaciones que vivimos, incluso la misma situación puede hacerte subir al cielo por la escalera grande, tropezar con la chiquita y caer hasta romper una farola.

Hace un tiempo estaba medio enamorado de una muchacha, sueño de todo poeta romántico (la muchacha). Realidad objetiva comprobable por todos los canales sensoriales. Yo soy un poco lento en establecer relaciones personales, pero siempre me gustó la fábula de la liebre y la tortuga. Tal vez esa suerte de introversión tenga que ver con mi autoestima (qué es de lo que estamos hablando). Así que, cada vez que ella pasaba cerca, tenía un fiel admirador siempre concentrado en sus evoluciones territoriales.

Por esos días me invitaron a una fiesta y yo ni corto ni perezoso asistí. Nunca me esperé que ella fuera. Fue una grata sorpresa verla aparecer. Mis amigos me empezaron a aguijonear para que conversara con ella, pero yo quería esperar un poco. Con el paso del tiempo ella y yo comenzamos a establecer contacto visual. La estridente música me hizo querer regresar al tiempo de los abanicos. Extraña sensación esa de añorar un tiempo que no se ha vivido.

Un poco después tuve que moverme del lugar en que estaba, ya ni recuerdo el porqué. En ese momento mi tristeza y rabia explotaron y me quedé como la novela de Balzac, con las ilusiones perdidas. Creo que mi autoestima bajó un poco en ese momento. Pero, como tormenta tropical que después de perderse en el mar se convierte en huracán, volvió a subir al verla con la cara inquisidora buscándome.

Volvió a ponerse cerca y se reanudaron los diálogos oculares. Me quise un poco más al ver cómo echábamos chispas al vernos. Entre la barahúnda de gente sentí como me llamaba mi Dulcinea y yo deseoso de establecer por fin una relación que superara la que tenía hasta entonces. Caminé los pasos que nos separaban presumiendo de capacidad pulmonar y sonrisa abarcadora.

Les dije que se podía tropezar en la escalera de la autoestima, pero también puede desaparecer para estrellarte en la más dolorosa de las caídas. Eso fue lo que experimenté cuando me dijo con su cara angelical:
-Me daba pena preguntarte, pero… me podrías decir la hora.

Sobre alex92 15 Artículos
Lic. en Ciencias de la Información. Técnico Medio en Informática. Aficionado al más universal de los deportes, loco por la música Rock y los libros.

1 Comentario

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.