Al Campo [La Enfermedad Crónica de Vivir]

Qué escolar sencillo no se ha embarcado en la gran aventura de la escuela al campo. Esta es una de las experiencias que te hacen crecer. Salir de la casa, de la saya de tu madre, constituye una experiencia para muchos aterradora.

No sé de quién partió la idea ni cuándo fue la primera de estas iniciativas. Lo que sí puedo afirmar es que en ellas experimenté por primera vez la ambivalencia afectiva. En ocasiones echaba de menos mi hogar, mi familia, el barrio, la televisión, la música de mi preferencia; pero por otro no me quería ir.

La escuela al campo es una etapa de primeras veces, al menos en mi caso. Y es soporte de conductas cuestionables a priori y a posteriori, risibles y hasta enaltecedoras. Apoyar la producción agrícola del territorio con un montón de muchachos traviesos, para no decir malcriados, significa un reto para cualquier profesor.

Asistí a dos de estos eventos, siempre en Manacas. En octavo grado estuve el campamento Suárez, un lúgubre lugar donde los cuentos de miedo nos mordían la confianza con más fuerza que su pariente del Barcelona, y en noveno fue Los Cocos quien nos acogió.

Realizamos todo tipo de tareas: recogida de papas (para sacos estatales y envases particulares), recogida de tomates y peleas usándolos, siembra de boniato, escarde de yuca y frijol, limpieza de albergue, en fin, lo que dije al principio (de todo un poco)

Mi grupo siempre fue muy unido, éramos una hermandad y hasta nos lo creímos. Un día jugábamos quimbumbia cerca del albergue de las muchachas. Una de ellas había tenido por primera vez su ciclo menstrual (parece que yo no era el único en experiencias noveles). Cerca del terreno había una tendedera con sábana y sobrecama recién lavada por causa del proceso biológico de marras.

Uno de nosotros, atendiendo más al deporte que a otras cuestiones, tumbó sin querer el tendido. Al momento de caer al suelo las dos piezas húmedas se tiñeron de rojo y no precisamente de sangre. Luego cuando salió la dueña, pensé que la sangre sí iba a correr, pero la nuestra. Como grupo unido al fin y al cabo terminamos el juego relavando todo mientras nos vigilaban con cara de pocos amigos y el bate de la quimbumbia en la mano.

Otra de las cosas que experimenté fue las diferencias, sobre todo en la comida, eran de todo tipo, desde sazón, cocción, sabor y consistencia. Fue la primera y única vez que vi un pudín haciéndose el guapo delante de un cuchillo recién afilado y posteriormente refrendando esa temeridad ante nuestros incansables molares. Aunque me da gusto reconocer que no era un dulce made by Mireya (mi mamá). Con respecto a esto, aprendimos a compartir lo que cada uno tenía, incluso el hambre.

Había un muchacho que no entraba en estos procesos de degustaciones compartidas. Sus padres no lo habían enseñado a eso. Toda su comida era de shopping, empaquetada con colores llamativos, de fábrica, envasada al vacío, vaya, de otro contexto socioeconómico. Rolando, que era el muchacho en cuestión, no comía nada que no fuera ese tipo de comida. Por el comedor ni se aparecía. Pero a los jugos gástricos les gusta la cocina, aunque haya que usar ese sustantivo como eufemismo. Por lo que después de aguantar cerca de dos semanas, Rolando sufrió un malestar de estómago.

Una de las cosas que mis padres me dieron al empacar fue una linterna para alumbrar el camino hacia las letrinas del baño. Mi aparato luminoso era muy popular ante las urgencias sanitarias de mis compañeros. Así me convertía en guardaespaldas o guarda-lo-que-hay-debajo.

No me sorprendió aquella noche, cuando Rolando me despertó para que lo condujera hacia el recinto maloliente y feroz que era el baño de Suárez. Por su congestión estomacal me tuvo esperando fuera casi media hora. Fue un tiempo en el que oí un sonido que, no hay, ni habrá onomatopeya capaz de reproducirlo en un papel.

Luego del rato amargo y después de utilizar cerca de dos periódicos y media revista Bohemia, no precisamente para leer, regresamos al albergue. Cuando mi compañero osó poner su cabeza en la almohada me dice en tono suplicante:

-Alejandro, acompáñame de nuevo.

En noveno, como dije, estuve en Los Cocos. Formaba parte del mismo grupo y como tal dormíamos en el mismo albergue. No sé si es frecuente, pero en estos establecimientos no hay interruptores. El bombillo incandescente, ahorrador o lámpara fluorescente se encendía usando el método de juntar, con un chispazo, dos cables pelados.

Aunque soy hijo de electrónico, le tengo miedo a la electricidad. Dicen que hijo de gato casa ratones, yo no he aprendido ni a soldar con estaño. Luis Ángel, miembro más encumbrado de nuestro piquete, digo encumbrado porque medía metro noventa. No podía dormir en la litera de abajo, aunque lo había intentado, dos chichones daban fe de que un choque es una coincidencia de dos o más elementos en espacio y tiempo. En su caso los dos elementos eran: el tablón de la cama de arriba y su frente. Como tuvo que resignarse a dormir arriba y los cables de la luz le quedaban más cerca, fue elegido democráticamente para realizar la operación antes descrita, todas las noches para dormir y todas las mañanas para despertar.

Una noche dimos un banquete con todo lo que teníamos para celebrar el cumpleaños de uno de nosotros y llenos a más no poder nos dormimos. Al otro día despiertan a Luis para encender la luz y él muy contento se tira de lo alto de su cama. Oscuro, como estaba, uno desarrolla un sentido especial del oído. Así que escuchamos dos golpes secos al unísono (supimos que eran dos después), un desgarramiento y como algo que se arrastra. Luego la voz de Luis asustado gritando:

-Enciendan ahí que no puedo moverme.

Cuando la luz se hizo, vimos una escena … Luis había aterrizado encima de su maleta de madera, rajando la tapa con la forma de sus piernas. Piernas que luego no podía sacar. Estaba hasta los tobillos de maleta. Lo ayudamos a zafarse de su abrazo mortal. Menos mal que su mamá le había mandado la mayonesa en un pomo plástico porque si no se hubiera cortado. Y sus pies eran mayonesa pura.

Sobre alex92 12 Artículos
Lic. en Ciencias de la Información. Técnico Medio en Informática. Aficionado al más universal de los deportes, loco por la música Rock y los libros.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.